La última vez que programé, no existía Google
La última vez que escribí código de verdad tenía 20 años y cursaba la carrera. Fue antes de que existiera Google. Antes de Stack Overflow. Antes de que hubiera alguien a quien preguntarle algo en internet.
Después me recibí de contador, me fui por ese camino, y el código quedó atrás.
Hasta hace unos meses.
Trabajo automatizando sistemas financieros, contables y administrativos. Es lo que hago y lo que me gusta. Pero hay un problema estructural en ese trabajo: para automatizar bien, a veces necesitás construir herramientas que no existen. Y construir herramientas, hasta hace poco, significaba depender de alguien que sepa programar.
Esa dependencia tiene un costo. No solo económico. También de tiempo, de fricción, de tener que explicarle a otra persona lo que querés, esperar, revisar, corregir, volver a esperar.
Hace un tiempo empecé a usar IA para escribir código. No para aprender a programar en el sentido clásico. Para construir cosas que necesitaba.
La diferencia es importante.
El problema concreto que quería resolver era este: uso Claude.ai para planificar y pensar, y uso Claude Code para implementar. Son dos herramientas distintas, y entre ellas no hay memoria compartida. Cada vez que arrancaba una sesión de trabajo, tenía que volver a explicar el contexto. El proyecto, las decisiones tomadas, lo que estaba en progreso. Era repetitivo y caro en tiempo.
La solución obvia era tener un lugar donde guardar ese contexto. Instrucciones, progreso, archivos. Algo que las dos herramientas pudieran leer y escribir.
Eso construí.
Se llama CoordinatorMCP. Es un servidor que vive en la nube y actúa como puente entre las dos herramientas. Claude.ai crea instrucciones ahí. Claude Code las levanta, las ejecuta, y reporta el progreso. Todo queda registrado, aislado por proyecto, disponible para la próxima sesión.
No es una idea revolucionaria. Es la misma lógica que usás cuando armás un tablero de tareas para un equipo. El problema era que el “equipo” en este caso son dos instancias de IA que no se hablan entre sí.
El sistema tiene autenticación, base de datos, almacenamiento de archivos y soporte para múltiples proyectos. Tardé unos días en terminarlo. Hace diez años me hubiera llevado meses, si es que lo lograba.
Lo que cambió no es que ahora sé programar mejor. Es que ahora tengo con quién pensar mientras programo.
La IA no escribe el código por mí y listo. El proceso es más parecido a trabajar con alguien que sabe más que vos: explicás lo que querés, discutís el enfoque, tomás decisiones, pedís que implemente. A veces algo no funciona y tenés que entender por qué. A veces la solución que te proponen no es la que necesitás y tenés que saber decirlo.
Eso requiere criterio. Y el criterio lo aportás vos.
Lo que aprendí en la carrera hace 20 años, más lo que sé de sistemas por el trabajo, más la capacidad de pensar en procesos: todo eso sigue siendo necesario. La IA no reemplaza eso. Lo amplifica.
Hay algo más que aprendí en este proyecto, y es sobre las decisiones de arquitectura.
Cuando construís algo, en algún punto tenés que elegir cómo organizarlo. Esas decisiones tienen consecuencias que no siempre ves de entrada. En este caso, decidí usar una sola base de datos con una columna que identifica el proyecto, en vez de crear una base separada para cada uno. Más simple de mantener, más barato, más fácil de escalar.
Parece un detalle técnico. Pero es exactamente el mismo tipo de decisión que tomás cuando diseñás un sistema contable: ¿un plan de cuentas único con centros de costo, o esquemas separados por unidad de negocio? La lógica es la misma. El dominio cambia.
Eso me confirmó algo que sospechaba: la programación, en el fondo, es diseño de sistemas. Y eso es algo que los contadores hacemos todo el tiempo.
No sé si esto le sirve a todo el mundo. Requiere cierta tolerancia a la incertidumbre, a no entender todo lo que está pasando, a equivocarse y buscar por qué.
Pero si trabajás en procesos, si sabés lo que querés construir aunque no sepas cómo construirlo, y si estás dispuesto a aprender mientras hacés: la barrera de entrada nunca fue tan baja.
Veinte años después, volví a programar. Y esta vez, no estoy solo frente a la pantalla.